Pasar de la queja a la acción hace que todo sea diferente

Es bastante común que las personas vean a la sociedad o al sistema al cual pertenecen de forma negativa. Pregúnteles a las personas en un encuentro o en una conferencia a un público diverso cómo ven al sistema o a la sociedad. Encontrarán que la mayoría les entrega palabras negativas, como dividido, en decadencia, en crisis, estresado, etc. Ahora, cuando uno les pregunta a las personas quién es feliz o alegre, la mayoría levanta la mano.
Es decir, en promedio los integrantes de un colectivo indican que son alegres y felices en lo individual, pero cuando se refieren al colectivo lo definen con palabras negativas.

Nos pasó en una oportunidad en un encuentro con supervisores y directores de escuelas, el objetivo de la reunión era encontrar oportunidades de mejoras para nuestro sistema. Juntamos en diferentes escuelas a cientos de líderes educativos para preguntarles cuáles son las carencias que ellos veían. Lo que logramos fue un ambiente negativo, cargado de culpas externas, donde el mundo, el país, la provincia, el sistema, el ministerio, el docente de al lado, el político, la lluvia, el calentamiento global, la droga, la violencia, la falta de respeto y un sinnúmero de razones nos transformaban en infelices. Y lo peor era el alto grado de resignación sobre la posibilidad de cambiar las cosas. Es cierto que habían infinidades de cosas por cambiar y mejorar (soy un convencido de que siempre las habrá, de hecho, hasta Finlandia tiene su plan de mejoras). También es cierto que nosotros juntos podemos cambiar cosas desde donde estamos con los recursos que tenemos, y lo que es mejor, juntos podemos hacerlo más rápido y más alegres.

Al darnos cuenta que el ejercicio estuvo mal planteado, debido a que habíamos creado un ambiente de negatividad, cambiamos la estrategia y nos pusimos a trabajar juntos en planes de mejora. Nos dividimos en grupos, liderados por directores de nivel, destacando lo que se podría mejorar desde la institución y lo que se podía cambiar desde el sistema. Poniendo sobre la mesa los recursos que teníamos y hasta dónde podían expandirse. Recuerdo con mucha claridad cuando Elizabeth Scacchi, en ese entonces Directora General de Secundaria de Salta (luego fue Secretaria de Educación de la Provincia), tenía la costumbre de reunirse con sus directores de colegios de manera permanente, en grupos, escuchar la coyuntura, plantear las estrategias y acompañarlos. Trabajaba desde lo positivo, desde lo que podían conseguir juntos. Terminaba el año con grupos entusiasmados y unidos.

Nuestra mente tiende a focalizarse en los problemas. Cuando nos preguntan algo lo primero que decimos es: ¨todo lo que falta, todo lo que está mal¨. En los medios de comunicación aparecen muchas más noticias negativas que positivas. Además de la influencia de los medios, encontramos personas que se quejan de todo de manera permanente: del clima, del tránsito, del país, etcétera. Casi como una manera de entablar una conversación (presten atención a la cantidad de personas que inician una charla con una queja).

Eso nos quita energía para comenzar el día. ¿Cuántas veces nos cuesta despertarnos y encarar el día lleno de vitalidad? Si sentimos que todo está mal, que no podemos cambiar las cosas, que tenemos que llevar a cuestas el día, que nuestro país no tiene solución y, lo que es peor, que debemos tener una actitud de resignación ante eso; es muy poco probable que nos levantemos con ganas de vivir el día a pleno.

El conocimiento, la habilidad, el talento y la experiencia son importantes; todo suma. Pero lo que multiplica es la actitud. Como en la matemática, mis condiciones multiplicadas por cero son igual a cero, por un factor negativo arroja un resultado negativo y por un factor positivo da un resultado positivo. Si tenes actitud negativa, sos una persona negativa; si tenes una actitud cero, sos una persona cero. Si tenes una actitud positiva, sos una persona positiva.
Hay cosas que no podemos modificar. Sin embargo, podemos cambiar nuestra actitud. Pasar de ser víctima a protagonista, pasar de la queja a la acción, a ser parte de los cambios que queremos ver. Esta situación se ve con claridad en los equipos directivos de las escuelas. Es muy claro y notorio cuando existe un equipo motivado desde el momento que uno pone un pie a metros de la institución, incluso sin entrar a ella se comienza a percibir. Desde el pasto (o maleza), las condiciones de limpieza del edificio (incluso en varios casos se encargan de pintarla y alumbrarla aunque el ministerio o el municipio no lo hayan hecho por ellos), el comportamiento de la comunidad, las formaciones de patio y respeto a las instituciones patrias y por supuesto los procesos de enseñanza y aprendizaje dentro y fuera del aula. Podemos encontrar a pocas cuadras otra institución con características opuestas. Los recursos ayudan, sin lugar a dudas, pero la actitud determina el signo. Esto sucede en cualquier organización y equipo, incluso en cualquier persona.

Uno elige como encarar la vida. Las circunstancias estarán presentes, pero uno elige con la energía que quiere vibrar. Y depende de uno mismo cómo llevarla adelante. Podemos elegir estar en el infierno o en el paraíso. Depende de nosotros.

El Papa Francisco nos decía que les trasmitiéramos a los jóvenes que pasen de la queja a la acción. No sólo se trata de tener un buen diagnóstico de los que nos  pasa (y es un tema clave entender bien qué nos pasa) sino, además ponernos manos a la obra para cambiarlo. De manera positiva, en conjunto, con alegría.

Dejar de ver todo lo que falta para ver todo lo que tengo es una decisión. Ser agradecido por lo que poseo. No nos damos cuenta de lo ricos que somos, en cuestiones físicas, materiales y espirituales. Me pasó, en innumerables ocasiones, entrar a comunidades salteñas, argentinas y observar las condiciones paupérrimas en las que conviven nuestros hermanos. Tomando agua de madrejones, sin luz eléctrica y con los servicios básicos como salud y educación deteriorados. Por supuesto que llegar como ministro a esos lugares multiplica el compromiso y uno se siente hasta avergonzado que sucedan cosas como estas en la era de la cuarta revolución industrial. Pero lo anecdótico es que las sonrisas más amplias, los brazos más abiertos y los corazones más grandes uno siente que los encuentra en las personas que viven ahí, en lo maestros que enseñan allí y en los agentes sanitarios que recorren esos lugares. Cualquiera de nosotros no sobrevive feliz en esos lugares excepto que cambie der actitud. Los que tuvimos, tenemos o tendremos la obligación o la posibilidad de hacer algo por ellos desde lo material debemos de entregarlo; pero también debemos abrirnos a recibir la sabiduría con la cual vivir la vida y agradecer a la vida lo que nos pone en el camino. Miremos a la cara nuestros seres amados, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, estemos conscientes del plato de comida que tenemos al frente o del vaso de agua limpia que levantamos en nuestra mano.
Vamos. Podemos ser el cambio que queremos ver en el mundo, como decía el alma grande Mahatma Gandhi. Nos pongamos en marcha. Uno es lo que hace, pero también lo que deja de hacer, y se educa con el ejemplo. Siempre lo que uno hace alguien lo está mirando. La manera de educar es ser la imagen de lo que queremos ver.

En nuestro metro cuadrado nosotros somos los líderes. En nuestro trabajo, en nuestra comunidad, en nuestra ciudad. Allí vibramos como nosotros decidimos hacerlo. Desde allí podemos transformarnos en protagonistas, en agentes del cambio. No esperar que venga otra persona a cambiar lo que nos molesta. Desde ese lugar,  contagiar energía positiva. Uno absorbe la energía del grupo al que pertenece, si estás en un grupo de pesimistas te transformas en pesimista. Uno debe emitir solidaridad, respeto, gratitud, energía desde nuestro espacio. De acuerdo a lo que emitís es lo que recibís.

El mundo es como nosotros lo creamos, es una decisión. Somos víctimas o somos protagonistas. Somos agradecidos o nos quejamos de lo que nos falta. Se trata de la actitud con la que lo encaramos.

Cierto día, Gustavo Zervino, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, nos hizo parar en el Vaticano a aplaudir si estábamos agradecidos con todo lo que teníamos, una cama caliente, un trabajo, un vaso con agua, nuestros seres queridos, la salud y todas aquellas cosas que damos por sentado y que no agradecemos a diario. Terminó en una ovación, por supuesto.

Nos dimos cuenta que es una cuestión de actitud.