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Anímese a cruzar el Rubicón


Volviendo de las Galias, triunfante y poderoso, César tiene que tomar la decisión más difícil de su vida: ingresar a Roma cruzando el río Rubicón. Una vez que sus legionarios avanzasen había que jugarse el todo por el todo. Las decisiones difíciles son los momentos esperados por los líderes. Es la vida misma.

Volviendo de las Galias triunfante y poderoso Cesar tiene que realizar la decisión más difícil de su vida. Ingresar a Roma con su ejército. Él, hijo de Roma -Capital del Imperio-,  el Conquistador, el que le hizo sombra a Pompeyo, famoso por su estrategia y sus victorias, estaba a punto de avanzar. Las consecuencias podían ser devastadoras si las cosas no se daban según lo imaginado. Ahí estaba el Rubicón, ese río que si se cruzaba marcaba la decisión de contradecir al Senado y no tendría vuelta atrás. Una vez que sus legionarios avanzasen había que jugarse el todo por el todo.
No se le permitía cruzar el río con su ejército en armas, ya que marcaba el límite del gobierno de las Galias – la que había conquistado casi por completo- , cruzarlo implicaba cometer una ilegalidad y convertirse en enemigo de la República. Cayo Julio César tenía que tomar la decisión más difícil de su vida.

Entre el 11 y el 12 de enero del año 49 A.C. lo cruzó. Con el fin de darle valor a sus hombres, predicando con el ejemplo, lo traspasó primero y desde la costa de enfrente gritó: ALEA IACTA EST (en latín) que quiere decir ¨la suerte está echada¨.

¿Cuántas veces nos animamos a cruzar el Rubicón y avanzar con lo que sentimos que está en nuestra esencia? La mente y el corazón chocan a menudo. Sentimos con todas nuestras fuerzas que debemos avanzar pero los miedos nos sujetan. Se hacen presente sueños de juventud que comienzan a marchitarse por nuestras decepciones, por las realidades que nos tocan vivir, por nuestras inseguridades, por temor a perder un cargo o posición, por la importancia que le otorgamos a la palabra de los demás. Somos capaces de soportar nuestra voz interior que nos pide sin éxito avanzar, que soportar las voces que susurran en los rincones o en los chats sobre nuestras vidas. Queremos evitar estar en esas bocas ajenas y para ello pagamos el enorme costo de entregarles nuestros sueños.

Seguir con ganas nuestro corazón implica un camino de esfuerzos. Sin dudas, habrá penas y vergüenzas cuando las cosas no salgan como pensamos. Cuando los demás vean que lo que estamos haciendo es ¨muy jugado¨, que dejamos atrás nuestra vida segura y racional para embarcarnos en ¨quién sabe qué aventuras¨. De eso se trata la vida. Y más aún la vida del líder. De aquellos que se animan a tomar las decisiones difíciles, aquellos que queman las naves[1], con dudas, pero que una vez quemadas se entregan por completo.

El líder siente que puede cambiar las cosas, aunque sea en algo. Que el statu quo no está bien como está. Siente que su participación es determinante, que vale la pena. Que se sentirá peor si no se anima a actuar. Que no toleraría ser tibio.


Las decisiones difíciles son una oportunidad única. Es el momento esperado del líder. Es la vida misma. Es la adrenalina, la decisión del camino, la consecuencia de la vida, la integridad, el carácter, la determinación, el aprendizaje. Es jugar el partido, no sólo verlo de la tribuna, es el penal que define, la última pelota, es tener la responsabilidad cuando nadie la quiere tener. Es, como dicen mis amigos de Costa Rica, ¨pura vida¨.

 
[1] En alusión a la decisión de Hernán Cortés cuando  mandó a quemar sus naves para evitar la tentación de volver. Buscando que los pensamientos se focalicen hacia adelante, las energías se centren en el presente que viven evitando las traiciones y los complots.